Vamos a La Cuadra

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La fotografía es imponente. Deja ver las fachadas de unas casas con techos de dos aguas y amplios antejardines. Alineadas por el borde de la carretera con leve inclinación, sobresalen en estas viviendas de dos pisos las ventanas en arco, las farolas diminutas, los aleros de chanul y un balcón en madera labrada. Son amplias, majestuosas en el diseño de sus columnas y en el blanco que resalta el tamaño desigual de las ventanas enrejadas. Fíjense en la casa de en medio: se levanta un muro de piedra que impone el límite del antejardín, de donde brota una de esas plantas que amenaza con apoderarse de las paredes, para darle a la casa ese toque de misterio de los escondites burgueses. La carretera destapada, que apuesta por la sombra de árboles jóvenes y que aún desconoce los postes de luz, se convertiría más tarde en la Avenida Circunvalar.

En el anverso de la fotografía, Jorge Roa Martínez escribió que la “carretera de Circunvalación” pronto será pavimentada. Está próximo el año 1943: “No obstante la Circunvalar ser muy nueva, pues solamente cuenta dos años, ya tiene numerosísimas casas-quintas, que son bellísimas obras de arquitectura”. Como la casa-quinta de en medio, punto de entrada al sector de Los Alpes. Allí, en la encrucijada, hoy puede leerse una numeración de rayuela: calle 12 con carrera 13. Esa promesa de juego, unida a la silenciosa labor de pintores plásticos, permitiría que a escasos metros de allí, hacia la carrera 12 bis, naciera, hace quince años, La Cuadra como un proyecto cultural, de “Talleres abiertos”.

“¿Vamos a La Cuadra?” La respuesta es obvia, sobre todo si es el primer jueves de cada mes y si nos abriga la intención de llegar, al caer la noche, a un lugar de encuentro. Porque La Cuadra lo es: una suerte de Aleph donde confluyen todos los puntos afectivos de una ciudad joven, que despierta alucinada a la música electrónica, al teatro callejero, al trabajo artesanal con abalorios de corte indígena, a los performances e instalaciones. Un Aleph de sentidos y anuncios, en especial cuando abandonamos el rumor pegajoso de la calle y recorremos extraviados los talleres familiares de Javier García, Viviana Ángel o Chucho Calle, artistas fundadores de este proyecto. Los tres aún recuerdan el color del día de una mañana de hace quince años. Se encontraron en la calle, por ahí, en el sector, y no tuvieron que hacer mucho esfuerzo para saber que de los tres, el más alto era el cuarto fundador: Carlos Enrique Hoyos. Hablaron en susurro; compartieron proyectos, ideas; coincidieron en la necesidad de crear un espacio abierto, de convergencia. Pensaron en la ciudad, en las líneas vivas de su arquitectura y fundaron La Cuadra. Era un día de lluvia leve. Sabemos que las ideas colectivas bañadas por la lluvia, permanecen en el tiempo, como los sueños de infancia, como el color vivo de una guanábana.

Quizá como María Iribarne en El túnel, encontremos en La Cuadra una ventanita pintada con timidez por un artista de barrio, el signo que estábamos esperando para tomar una decisión. Quizá como los habitantes de Macondo, descubramos en un chorro de luz proyectado en la pared un engaño y seamos felices en la mentira. Quizá como en uno de los sueños de Akira Kurosawa, nos metamos de narices en el más grande de los collages de Viviana Ángel y veamos a su padre, en un cuarto de su apartamento de Invico, escribiendo el tercer tomo de la Historia de Pereira. En el capítulo tres de ese tomo, don Hugo Ángel Jaramillo escribe, grandilocuente, sobre las bondades de estar en Pereira, sin agenda, los primeros jueves de cada mes.

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