Cine de domingo

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Íbamos al cine los días de domingo. El ritual de preparación empezaba temprano, en la mañana, cuando la esperanza de ver un doble de matiné en el Nápoles o en el Pereira impregnaba de aventura nuestro mundo de infancia. Veríamos una de vaqueros, interpretada por Ringo (Giuliano Gemma) y quizá, si teníamos suerte, volveríamos a ver a Vicente Fernández, mal afeitado, con cara de pocos amigos, en su papel de El Arracadas. Era un héroe de las orillas que además sabía cantar, defender su honor y besar a las muchachas.

Salíamos en patota desde el barrio San Judas, luego de cruzar en ziz zag las breves calles de un sector alineado a la fuerza por un río de aguas traicioneras. Salir del barrio era ya una aventura, un negarse a escuchar, por algunas horas, el ruido de la muerte que solía presentirse en las esquinas en días de semana. Éramos tres o cuatro los amigos. Lo primero era cruzar el puente Mosquera y subir al centro de la ciudad bordeando los muros de la fábrica Bavaria, donde solíamos embriagarnos, levemente, con el olor a cebada en ebullición. Lo segundo era comprar mecato: chitos, papas fritas y mantecadas. La gaseosa era mejor comprarla a la entrada del cine. Un chorro de luz iluminaba nuestro mundo con patadas voladoras y complots en las calles de San Francisco. Regresaríamos al barrio en horas de la tarde, nos sentaríamos en las aceras del Estanquillo El Zoco, para empezar a vivir en el relato, y a nuestro modo, lo que el cine convertía en thriller en las esquinas vigiladas por malandros sensibles a la vida expuesta en fotogramas.

Ya no soy tan feliz ahora que observo esta imagen del archivo de Donato García. Lo que allí se registra ya no existe. O sí, existe pero de otra manera. La sala del Teatro Consota era tan amplia y larga como la del Teatro Capri. Aunque ambas salas no eran tan acogedoras como la del Teatro Nápoles. Eso sí, ninguna de ellas era tan anárquica como la del Teatro Pereira, donde pudimos ver, aún adolescentes, las primeras películas porno, mientras una pareja de novios, ubicada en tercera fila, se metía la mano y fumaba cigarrillos Pielroja, creando un chorro de luz alterno que nos animaba a crecer. La sala que más nos gustaba era, sin duda, la del Teatro Caldas, porque era donde solían exhibirse las películas más cercanas a nuestra imaginación de chicos de barrio: “Puños de furia” de Bruce Lee y “La espía que me amó”, con James Bond, el agente 007.

Me detengo en los detalles de esta fotografía que imprime, para la memoria, el aviso de uno de sus antiguos teatros emblemáticos, ubicado sobre la carrera novena. En el fondo, a la altura de la diecinueve, se observa la fachada de una casa de aleros anchos, en plena línea de la reciente Calle de la Fundación. A un lado del cine sorprende la flamante arquitectura del Gran Hotel. Visto en perspectiva, hay una cierta unidad en el juego de las formas que reclaman armonía en los relieves y ventanas. Hay andamios a lado y lado y eso resalta una vocación de ciudad: la obra negra, la ciudad haciéndose permanentemente en sus muros de ladrillo, queriendo parecer más alta, más moderna. Es la misma ciudad que ha transformado sus salas de cine en tiendas de zapatos, en panaderías, en pequeños centros comerciales. La presencia de un caballo que se verá obligado a transportar los escombros hacia las riberas del Otún, comprometen otros tiempos en que los transeúntes salían de ruana y sombrero a recorrer el centro del poblado.

Lo admito: es la misma ciudad que se aferra a la piel de lo efímero para dar lugar a la nostalgia, ahora que ya no es domingo en mis días de infancia; ahora que en San Judas se sigue escuchando la balacera en los andenes, sin policía que pueda defendernos, sin pactos que eliminen por fin las fronteras invisibles y les permitan a mis padres vivir una vejez más tranquila, sin esa truculencia propia de las películas de vaqueros.

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